SE HACE CAMINO AL ANDAR

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Manuel Alcántara: «Lo mío con Málaga ha sido un amor correspondido»

 13.01.13  DIARIO SUR

 
Manuel Alcántara cumple 85 años y propone pasear por la Plaza de la Merced: «Es el territorio de mi infancia». Siempre ha creído, como Rilke, que la patria de un hombre son sus primeros años. Pero además sospecha que «la vida es capicúa». Los recuerdos rara vez se van, pero con seguridad regresan. Por esta plaza cruzaba cada día camino del colegio de San Agustín. Por allí se recuerda con su padre de la mano. La quema del convento de la Merced -«hay cosas que un niño recuerda para siempre»- y la guerra, la posguerra de racionamientos, colas, humillaciones y tabaco de colillas. Allí jugaba a las canicas, 'un experto' de uña abollada con su bola estriada en verde y blanco. La Merced, bajo el sol de invierno, se llena de palomas y recuerdos. «Es la plaza más romántica y hermosa de Málaga».
-Cualquier persona de mi edad está llena de fantasmas queridos.
Camina despacio, ayudándose con coquetería de un bastón no demasiado útil. Bromea con sorna sobre los achaques. «Empiezo a tenerme muy preocupado». Después remata: «Tengo lo que en Málaga se llama 'una buena edad de esquela'.». Sonríe sin estridencias, con su inconfundible aire británico. A su edad disfruta de no hacer proyectos, sino de vivir cada día. «Creerse uno que está bien es una forma de estar bien». Sabe que ya puede estar contento con su 'pésima salud de hierro'. «Yo no he tomado más medicinas que las de los bares.». En la adolescencia se estiraba los pantalones bombachos para entrar en las tabernas. «A los catorce ya me saludaban los camareros desde la acera de enfrente». Siempre le gustaron las copas, pero jamás embriagarse y dar un espectáculo ridículo. Como para el poeta Omar Khayyam, ha sido una forma de estar en la vida.
-Yo me he apoyado mucho en la poesía. Y he sido un terco aprendiz de poeta.
A los diecisiete, tras la reválida en Granada, la familia se va a Madrid. Se coloca en una oficina de seguros para Renfe; solo soporta dos años en la Universidad («mi padre quería que fuese fiscal o juez, pero yo tenía más vocación de reo»); y empieza a frecuentar los cafés literarios, la bohemia de Madrid. En 1951 hace su primera lectura. Publica varios poemarios; con 'Plaza Mayor' es finalista y con 'Ciudad de entonces' obtiene el Premio Nacional. Desde 1958 comienza a escribir la columna; primero en 'Arriba', luego en 'Ya', otra vez 'Arriba'. y suma todos los premios que le reconocen como un grande en este capítulo de la historia de la literatura. También se convierte en el gran cronista de la edad de oro del box español; una pasión adquirida en Málaga, no lejos de esta plaza, en la Calle del Agua, donde nació en 1928: allí había un ring que él veía desde el balcón, y cuando daba la lata, su madre le decía «anda, bájate con los boxeadores». Entre los quince y los diecisiete peleó. «Algunos golpes me he llevado, pero nada comparable con los golpes de la vida».
Su regreso a Málaga es progresivo. «Siempre quise volver, aunque en realidad yo no me había ido». Solía viajar de noche con su Dauphine a ver el mar, y a los suyos. En 1969 compra su casa del Rincón de la Victoria; en 1989 firma con SUR; después sus estancias se hacen cada vez más largas, hasta ser permanentes. «Nunca he dudado de la decisión de terminar mis días en Málaga viendo las páginas del Mediterráneo...».
-Lo mío con Málaga ha sido un amor correspondido.
Evoca, ya ante un dry-martini, versos, fútbol, amigos, madrugadas «y además me ha gustado mucho reírme de los tontos amateurs, que son muchos». Ve la muerte sin dramatismo; pero le asusta el dolor. Por demás, se desentiende de la inmortalidad. «Soy un escéptico, aunque no total, sino un escéptico imperfecto». Y confiesa: «Tengo muchas dudas, y me gusta tenerlas». No descarta volver a encontrarse con las personas a las que ha querido. «Me falta poco para llevarme la sorpresa». Dice verse ya 'cara de antepasado' pero aún hace un plan de futuro: «Tomar un kilo de aceitunas», y con una sonrisa socarrona añade «pero una a una, de dry en dry-martini».
Espera una muerte discreta. «Morirse solo se muere uno una vez. No se puede entrenar, pero hay que hacerlo bien». Su memoria prodigiosa le acompaña, pero sospecha que su último recuerdo será la alineación del Malacitano de su infancia: Pedrín, Chales, Juanele, Junco, Salazar, Mitje, Meri, Tomasín, Calderón, Zárraga y Chacho.

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Comentarios

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